LOS
PRISIONEROS
El Estado, que jamás va preso, asesina por acción y por omisión. Crímenes por acción: a fines del año pasado,
la policía militar de Rio de Janeiro reconoció oficialmente que venía matando
civiles a un ritmo ocho veces más acelerado que el año anterior, mientras la
policía de los suburbios de Buenos Aires cazaba jóvenes como si fueran
pajaritos. Crímenes por omisión: al
mismo tiempo, cuarenta enfermos del riñón murieron en el pueblo de Caruarú, en
el nordeste de Brasil, porque la salud pública les había hecho diálisis con
agua contaminada; y en la provincia de Misiones, en el nordeste de la
Argentina, el agua potable, contaminada por los plaguicidas, generaba bebés con
labios leporinos y deformaciones en la médula espinal.
En la era de las privatizaciones
y el mercado libre, el dinero se propone gobernar sin intermediarios. ¿Cuál es
la función que se atribuye al Estado? El Estado debe ocuparse de la disciplina
de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y a la represión de las
peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un Estado juez y
gendarme, y poco más. De los otros servicios públicos, ya se encargará el
mercado, y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si
la policía no alcanza. La administración
pública sólo puede disfrazarse de madre piadosa muy de vez en cuando, atareada
como está en consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y
castigo. En el proyecto neoliberal, los
derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la
salud pública y de la educación pública como si fueran formas de la caridad
pública.
El arte de
borrar huellas
Mientras tanto, crece la pobreza
y crecen las ciudades y crecen los asaltos y las violaciones y los crímenes.
"La criminalidad crece mucho más que los recursos para combatirla",
reconoce el ministro del Interior del Uruguay. La explosión del delito se ve en las calles,
aunque las estadísticas oficiales se hagan las ciegas, y los gobiernos
latinoamericanos confiesan, de alguna manera, su impotencia. Pero el poder
jamás confiesa que está en guerra contra los pobres que genera, en pleno
combate contra las consecuencias de sus propios actos. "La delincuencia crece por culpa del
narcotráfico", suelen decir los voceros oficiales, para exonerar de
responsabilidad a un sistema que arroja cada vez más pobres a las calles y a
las cárceles y que condena cada vez más gente a la desesperanza y la
desesperación.
Las cumbres irradian el mal
ejemplo de su impunidad. Se castiga abajo lo que se aplaude arriba. El robo
chico es delito contra la propiedad, el robo en gran escala es derecho de los
propietarios: uno es asunto del Código Penal, el otro pertenece a la órbita de
la iniciativa privada. El poder, que elogia al trabajo y a los trabajadores en
sus discursos pero los maldice en sus actos, sin pudor alguno recompensa la
deshonestidad y la falta de escrúpulos. La
respetable tarea tiene por cómplices a los grandes medios de comunicación, que
mienten callando casi tanto como mienten diciendo.
¿Denuncias o
confesiones?
Y mientras el poder enseña
impunidad, esos grandes medios, y sobre todo la televisión, difunden mensajes de
violencia y de consumismo obligatorio. Una reciente investigación universitaria
reveló que los niños de Buenos Aires ven, cada día, cuarenta escenas de
violencia en la pantalla chica. ¿Cuántas escenas de consumismo ven? ¿A cuántos
ejemplos de despilfarro y ostentación asisten cada día? ¿Cuántas órdenes de
comprar reciben los que poco o nada pueden comprar? ¿Cuántas veces por día se
les taladra la cabeza para convencerlos de que quien no compra no existe, y
quien no tiene, no es? Paradójicamente,
la televisión suele trasmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia
urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las
nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre y de publicidad
compulsiva: en este sentido, bien podría decirse que sus propios mensajes están
confirmando su eficacia mediante el auge de la delincuencia.
Las fábricas de opinión pública
echan leña a la hoguera de la histeria colectiva, y mucho contribuyen a
convertir la seguridad pública en obsesión pública. Cada vez tienen más ecos los gritos de alarma
que se pronuncian en nombre de la población indefensa ante el acoso del crimen.
Se multiplican los asustados, y los asustados pueden ser más peligrosos que el
peligro que los asusta. Para acabar con
la falta de garantías de los ciudadanos, se exigen leyes que suprimen las
garantías que quedan; y para dar más libertad a los policías, se exigen leyes
que sacrifican la libertad de todos los demás -incluso en países como el
Uruguay, donde las estadísticas confiesan que los policías son, en proporción,
los ciudadanos que más delitos cometen.
No sólo los vividores de la
abundancia se sienten amenazados. También la clase media, y también numerosos
sobrevivientes de la escasez: pobres que sufren el asalto de otros pobres más
pobres o más desesperados. En sociedades que prefieren el orden a la justicia,
hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares
del orden: hay cada vez más gente convencida de que no hay ley que valga ante
la invasión de los fuera de la ley. Hay un clamor creciente por la pena de
muerte en la opinión pública de varios países latinoamericanos; y las matanzas
de niños por los escuadrones parapoliciales de la muerte en Bogotá, Rio de
Janeiro o la ciudad de Guatemala son pública o secretamente aplaudidas por un
sector considerable de la sociedad. Se considera normal la tortura del
delincuente común, o de quien tenga cara de; y llama la atención el silencio de
algunos organismos de derechos humanos, en países donde la policía tiene la
costumbre de arrancar confesiones mediante métodos de tortura idénticos a los
que las dictaduras militares aplican contra los presos políticos.
Las otras
jaulas
Presos: las dictaduras militares
ya no están, pero las frágiles democracias latinoamericanas tienen sus cárceles
hinchadas de presos. Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los
pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un
puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado por los banqueros
o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos. Cárceles inmundas,
presos como sardinas en lata: en su gran mayoría, son presos sin condena.
Muchos, sin proceso siquiera, están ahí no se sabe por qué. Si se compara, el
infierno del Dante parece cosa de Disney. Continuamente, estallan motines en
estas cárceles que hierven. Entonces las fuerzas del orden cocinan a tiros a
los desordenados y de paso matan a todos los que pueden, con lo que se alivia
la presión de la superpoblación carcelaria -hasta el próximo motín.
En realidad, bien se podría decir
que presos estamos todos, quien más, quien menos. Los que están en las cárceles
y los que estamos afuera. ¿Están libres los presos de la necesidad, obligados a
vivir para trabajar porque no pueden darse el lujo de trabajar para vivir? ¿Y
los presos de la desesperación, que no tienen trabajo ni lo tendrán, condenados
a malvivir a los zarpazos? Y los presos del miedo, ¿estamos libres? ¿No estamos
todos presos del miedo? Todos enrejados: ya hay plazas públicas rodeadas de
rejas en algunas ciudades latinoamericanas, y están enrejadas las casas de
todos los que tenemos algo que perder, aunque sea poco, aunque sea nada; yo he
visto rejas hasta en algunos ranchos de lata y madera de los suburbios pobres.
Los de arriba y los del medio y los de abajo: en sociedades obligadas al
sálvese quien pueda, aterrorizadas por los manotazos de sus náufragos, estamos
todos presos: los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias.
Los hechos se burlan de los
derechos. Retrato de América Latina al
fin del milenio: ésta es una región del mundo que niega a sus niños el derecho
de ser niños. Los niños son los más presos entre todos los presos, en esta gran
jaula donde se obliga a la gente a devorarse entre sí. El sistema de poder, que
no acepta más vínculo que el pánico mutuo, maltrata a los niños. A los niños pobres los trata como si fueran
basura. Y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor.
En la burbuja
del poder
En el océano de los que
necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos
campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los
poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En
algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han
hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del
miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas
de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por
los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión.
Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la
ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero
jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.
Ellos no viven en la ciudad donde
viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo
privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del
terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la
globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces,
despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de
que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio
universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las
ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se
parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y
del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en
la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser
comprada.
Desde que nacen, son entrenados
para el consumo y para la fugacidad, y transcurren la infancia comprobando que
las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast
cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación,
cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda
velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las
pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías
haciendo zapping y haciendo shopping.
La pobreza como
delito
Muchos antes de que los niños
ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y
enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras
los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de
plomo acribillan a los niños de la calle. Algunos expertos llaman "niños
de escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los
suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay setenta millones de
niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina
que fabrica pobres y prohíbe la pobreza. Entre todos los rehenes del sistema,
ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los
castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.
Nacen con las raíces al aire.
Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente
arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Entre la cuna y la
sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje. De cada dos niños pobres,
uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en
las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas
familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que
fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo. ¿Y el otro?
De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable,
ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la
existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a
los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la
vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.
En muchos países
latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad
y está haciendo trizas el tejido social comunitario. ¿Qué destino tienen los
dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en
el único derecho sagrado? Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la
contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo
prohíbe. El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga
la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega. Y ellos se
vengan lanzándose al asalto. En las calles de las grandes ciudades, se forman
bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha. Según la organización
Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en
Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Y ellas? Hay medio millón de niñas
brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la
República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas
vírgenes.
El pánico y sus
trampas
Entre una punta y la otra, el
medio. Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven
prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada,
pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media.
Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden
mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad social, cuando
se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no
siente que el piso cruje bajo los pies? La clase media vive en estado de
impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan
difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por
el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el
pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá
reprocharle mala conducta. La sufrida clase media sigue creyendo en la
experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende
todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una
inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el
pánico al desalojo.
En el pánico, pánico de vivir,
pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del pánico, los
niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del
encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los
teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el
balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la
violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso,
espectáculo de la vida.
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